A ella se le caían los pantalones de la pijama

enero 10, 2010 cockalinda

A ella se le caían los pantalones de la pijama. Sin cinturón era más fácil que ella tropezara y se empapara los pies con la mierda que su  Esposo, el Sr. González, le dejaba regada por toda la alfombra como regalo de Navidad.

“No me pegues, no me pegues, cabrón, por tus hijos, por tu repinche madre, no me madrees… por favor no me madrees… nada más me pegas porque eres un puto…”

La engañó. En realidad, el Esposo González se acostaba con quien le venía en gana: con las secretarias, con prostitutas baratas, con las amigas de su esposa, con cualquier hoyo de carne profunda que se dejara. Y aparte, le acomodaba unos buenos putazos porque era su vieja, y porque la pendeja se ponía histérica por cualquier cosa. Y entonces ella lo amenazó con jamás volverlo a ver. La mujer cargó con sus dos hijos y  huyó del departamento que compartía con su hombre, con su Verga, con esa chingaderota que siempre se le andaba metiendo en la vida desde hace mucho tiempo atrás, mucho antes de que se casaran… La esposa Dulcinea se marchó, se llevó sus muebles y sus cuadros y su ropa y sus revistas.

Se marchó a casa de su Mamá, como toda mujer de coño enligado que ya no puede desprenderse del bocado que le abre la boca casi todas las noches.

Y es que a uno de los hijos de la esposa golpeada se le ocurrió decir la verdad: que Papá González lo había violado.

Se hicieron preguntas, se hicieron investigaciones. Y en efecto, el Papá González andaba manoseando a uno de los niños, por lo menos. Pero Dulcinea lo perdonó. Perdonó a la Verga. Y es que a ella le era muy difícil dejar de agarrar, y no poder darle un beso, al menos uno pequeñito, al Verdadero Chorizo.

El Chorizo Melenudo. El Chorizo con músculo y pellejo. El Chorizo Marca Gonzalez.

El perdón ocurrió durante una noche verde de tan oscura. Dulcinea viajó desde la Ciudad, montada en un camello que la llevó hasta el Pueblo. Y con la antigua llave, la llave compartida del matrimonio imperfecto, la mujer pudo entrar de nuevo en el departamento.

El perdón se dio cuando Dulcinea fue embarazada una vez más.

Y aun así, los preparativos para el reencuentro no fueron fáciles, porque la Suegra, es decir, la mamá de la linda Dulcinea cuya existencia engañada, golpeada y empanochada era siempre engañada, golpeada y empanochada una y otra vez sin descanso, esa pinche Suegra metiche quería irse a vivir cerca del Papá González, el Papá de sus nietos, para también poder mamar del Chorizo Melenudo: “Se nota que el esposo de mi hija ha de coger como Dios, seguro que ha de coger como Dios, se le nota… me lo tengo que tirar de vez en cuando, nada más a veces… yo también necesito mis madrugadas”, decía la Suegra Malvalinda cuando de plano ya andaba comiendo muchos  plátanos que sólo le daban diarrea…

Todo se arregló cuando Papito González aceptó la total responsabilidad de los manoseos sobre sus hijos; cuando Papito González aceptó que sí, que sí se estaba manoseando a sus hijos… Y todo caminó sobre ruedas cuando  la Suegra Malvalinda recibió un buen servicio en la coladera, entre peda y peda, entre Tequilitas y una que otra borrachera de mega-atascadero todos los días que venían feriados en el calendario… un muy buen servicio en la coladera; y aunque a la Dulcinea con el culo reancho de ancho, esposa preciosa y reverenciada, aunque todavía le ponían sus putazos, El Señor González pegándole bien chido, ella aceptó que toda infidelidad, y que cualquier desprecio acompañado de reconciliaciones con mecos de por medio (Spluuuusshhk), siempre eran buenas cosas para conservar el calzón caliente, la panocha engrasada y el corazón mentando madres, acurrucándose contra el pecho de su macho, enredando el dedo, y la uña, entre los pelos masculinos de ese pecho fofo que le resultaba tan útil para luchar contra los fantasmas que siempre la habían acompañado; fantasmas que siempre han existido y que le han acompañado, luchando la tierna Dulcinea contra Los Verdaderos Enemigos de Las Mexicanitas Empanzonadas, Mexicanitas demasiado enculadas en camas de motel blanco como para decirle “No” al amor, Mexicanitas demasiado bien adiestradas hasta el fondo del barranco cuando se les obliga a usar botas de tacón delgado… luchando con todo y trenzas todas las mujeres que se creen seres humanos, como ahora Dulcinea, luchando contra unos fantasmas terribles, verdaderos enemigos terribles de todas las mujeronas:  Los Verdugos, Los Recuerdos Verdugos… Los Recuerdos Vergudos…

Y es que a la Mamá de la Reina, a la Mamá de Dulcinea, es decir, a la Suegra Malvalinda, aparte de que su aroma era sabrosón por lavarse el culo con pétalos de rosa y con un jabón neutro que le dejaba los pelos del ano parados como espinas Guadalupanas, los pedorros le salían bien ricos y chingones, candentes con olor a cloaca, excitantes y calientes, junto con muchos cangrejos y consejos de la vida práctica que Dulcinea sabía que le serían de mucha ayuda para amarrar a su marido. Porque las dos mujeres eran bien tragonas. Y porque ya antes, tanto la Madre Suegra Malvalinda como la hija Dulcinea, habían sacrificado a una muy buena cantidad de hombres ante el Altar de Los Testículos Momificados, en la punta del Cerro de La Estrella ( allá en  el Estado de México), cerca de la Antena Maestra de Televisa.

Porque las mujeres que nacen vulgares creen que la Humanidad sólo se divide entre Señoras que utilizan shampoo y entre las que nunca se hacen pedicure; las que tienen callos en los dedos de los pies, callos que deben ser arrancados con los dientes cuando la costra amarilla ya pone reseca. Ya que llegar a Señora es, en cierto modo, saber usar la cabellera como una trampa para después morder con cariño los huevos del amado, mordiendo despacito los testículos en el momento en que la desesperación de la vida parece haber sido superada.

“¡Carga al niño, carajo! ¿Qué no ves que tengo que pintarme las uñas?  ¡Aquí se te acabo tú pendeja!… ¡Yo no soy como tus putas!”

Y con ésta frase volvían a volar los madrazos  sobre la cara angelical de Dulcinea, en un vaivén en que la piel de los pómulos de ella, a base de varios encuentros con los nudillos, estaban muy marcados con la purificación del Box, hasta que a la linda Dulcinea le salían hematomas y los ojos amoratados le concedían una Hermosura que no cualquier mujer puede mostrar desnuda… y el Esposo González se refugiaba en la cama de la Suegra Malvalinda con todo y la Suegra encuerada, escuchando la lluvia y encendiendo muchos cigarrillos mientras el culo de la Señora Suegra roncaba y dormía satisfecho… y en ese momento el cabrón extrañaba a su esposa Dulcinea mirando su verga todavía tiesa tapándole el ombligo, asombrándose ante esa vida rara y de vidrio que lo había convertido en un hombre frío, concentrado en cuidar a sus múltiples mujeres…  Porque para cuando la Navidad aparecía una vez más y el Día de los Tres Reyes Magos tenía que ser celebrado con regalos sobrenaturales y ultra secretos adentro de un zapato tan pronto llegaba el amanecer, había que pasear a los niños por el bosque para que hicieran popó y orinaran al aire libre, pero con un poquito de ayuda por parte del Papá González ,que siempre todo lo había sabido explicar , sobretodo si para enseñar a mear a sus hijos, el hombre les sostenía el pequeño miembro a sus niños con de la esperanza de que se les pusiera erecto, dándole instrucciones a los pinches mocosos para que se callaran y le apuntaran al arbolito… “Le voy a dar un chupetón a sus pajaritos para que se le salga lo amarillito, mis pequeñines”… mientras, Dulcinea se mete un chocolate en la panocha, todas las tardes, abandonada a sus moretones, abandonada en la recámara donde está atrapada, picándose la cola con recuerdos dulces, forzados recuerdos dulces, remojando el chocolate en una sustancia parecida al pulque y que su Apestoso y Chicloso Chocho Santificado echa para afuera sin que ella lo ordene ni controle, como la sangre blanca de una mosca aplastada que se despanzurra… llevándose después el chocolate a la boca, mordiéndolo, triste, disfrutando de su femenina e infantil depresión anímica, gozando de la excitación melancólica de tener que necesitar a un hombre, y así, hasta que ella se acaba todos los chocolates cuadrados de la caja que el esposo González le ha regalado después de cada pelea…   el coño de Dulcinea apestándole  a Cocoa Hershey´s Chocolate with Milk… sintiéndose ella, la pobre esposa, de nuevo embarazada, como una Diosa Malherida a la que se le ruega por el Perdón y la Misericordia; como en una Guerra Santa…

Como cogiendo en Disneylandia.

 

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